viernes, 9 de octubre de 2009

Brasil, Ortiz Mena y pobreza.

Carmen Aristegui F.
9 Oct. 09

Desde hace exactamente una semana, es frecuente oír que las comparaciones son odiosas, insoportables, pero también inevitables. El triunfo de Brasil, nuestro histórico rival en el liderazgo regional, al convertirse en sede de los Juegos Olímpicos de 2016, no sólo ha agigantado la figura de Lula da Silva en el plano internacional sino que da un impulso enorme a este país para convertirse en una potencia en todos los niveles. Bien por Brasil, a quien parece salirle bien todo últimamente. Mal por México que, palmo a palmo, en las comparaciones muestra qué tanto nuestro país ha ido perdiendo influencia e importancia frente al mundo. Brasil y México antes competían. Hoy, nosotros estamos de espectadores. Brasil y México se disputaban las lides diplomáticas. Hoy, nos ha ganado la partida en su relación con Obama, con China, con los europeos y en sus vínculos con América Latina. Ha mostrado habilidad y firmeza frente al golpe en Honduras. Dio asilo en su embajada al Presidente depuesto y no sólo elevó la estatura moral de Brasil en la crisis, sino colocó las fichas en otra jugada. Para México, que se las daba de mediador internacional, amigable componedor o espacio abierto para el refugio, el caso Honduras nos da cuenta del brillo perdido en el plano internacional.

En lo económico estamos también frente al mismo espejo. Brasil ha sido de los últimos países en entrar en la crisis y está siendo de los primeros en salir de ella con perspectivas de rápido ensanchamiento, merced a una economía sumamente diversificada en lo comercial y a una potente industria petrolera que, además de todo, se ha beneficiado con los grandes yacimientos recientemente descubiertos. Su ánimo social está por lo alto. Tendrán el Mundial de Futbol en 2014 y, desde ya, se les anticipa campeones. Lula libró una cerrada batalla diplomática y ganó para Río de Janeiro los Juegos Olímpicos. Se acrecentó, con ello, el orgullo de ser brasileño y se dio un empuje descomunal a este país que parece decidido a construir un futuro, hablándose de tú con las potencias.

México, por su parte, es el país más golpeado y con peor desempeño frente a la crisis internacional. La dramática caída en el crecimiento económico, el desempleo y la pobreza creciente no han sido enfrentados ni con la urgencia obligada ni con la inteligencia ni con la eficacia por las que claman millones de habitantes en este país. El debate sobre el paquete fiscal y económico lleva semanas dando vueltas sobre el mismo circuito. Calderón dice que ya hay 6 millones de personas más en "pobreza alimentaria", y que esto se debe a la crisis de los alimentos y a la crisis internacional, cosa, esta última, que es de dudarse si nos atenemos a que lo que mide el INEGI son los dos primeros años de la gestión de Calderón. La crisis inició formalmente con la caída de Lehman Brothers hace poco más de un año y el dominó que arrasó con el sistema internacional. Lo que midió el INEGI no alcanza a registrar sino un pequeño tramo del inicio de la debacle. La explicación sobre el incremento de la pobreza en México deberá estar, por lo pronto, en otro lado.

Ya veremos en dos años cuando se conozcan los indicadores de pobreza impactados -se anticipa que de forma devastadora-, una vez transcurrido lo peor de la crisis. Lejos estamos de otros periodos en nuestra historia en donde los rasgos económicos, si bien contemplaban franjas grandes de población en pobreza y desigualdad, también ofrecían un panorama de crecimiento sostenido.

Entrados en comparaciones y con motivo de la entrega de la medalla Belisario Domínguez, post mortem, a don Antonio Ortiz Mena, secretario de Hacienda de México durante el periodo del llamado "desarrollo estabilizador", la inclinación obvia es a recordar ese periodo de larga duración en el que México pudo tener tasas de crecimiento sostenido impensables en el México de ahora. Quien propuso esta candidatura -por demás merecida e incuestionable- seguramente estaba pensando en que las comparaciones son odiosas, insoportables, pero sobre todo inevitables.

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