lunes, 9 de noviembre de 2009

El Muro de Berlín: a 20 años.

Hace dos décadas, la demolición del Muro de Berlín generó esperanzas mundiales de una nueva época de paz y convivencia pacífica entre los países de la comunidad mundial, de democracia, pluralidad y tolerancia. El derribo de esa línea divisoria, emblemática de la escisión del mundo en dos bloques geopolíticos, ideológicos y económicos, hizo pensar a muchos que los conflictos, particularmente los armados, perderían su razón de ser, y no faltaron los que ganaron celebridad momentánea pregonando que había llegado el fin de la historia”, en el sentido de una lucha entre las dos grandes visiones: izquierda y derecha.

Muchas esperanzas suscitadas por la caída del Muro de Berlín eran fundadas para quienes, en el oriente de Europa, vivían bajo regímenes políticamente opresivos y económicamente agotados, e incluso para quienes, fuera de esa región, veían en ese hecho histórico, punto de arranque y símbolo anticipado del colapso de los estados del socialismo real, la apertura de vías más auspiciosas para la transformación social.

A 20 años de distancia resulta obligado reconocer que los acontecimientos vinculados a la demolición del famoso muro –las transiciones en Europa oriental a regímenes de democracia representativa, la disolución del Pacto de Varsovia y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas– cambiaron la historia, aunque, ciertamente, no la suprimieron. Los gobiernos policiales sucumbieron, sí, bajo el peso de su propia obsolescencia, lo que se tradujo en mayores libertades individuales, formales en algunos casos, pero no en todos. Detrás de la vieja cortina de hierro, la adopción del capitalismo de mercado como modelo único trajo aparejado crecimiento económico, pero también una desigualdad social desconocida hasta entonces, carencia, miseria y una corrupción desbocada que en Rusia, heredera principal de la extinta Unión Soviética, hizo muy difícil distinguir los límites entre la mafia y el gobierno. Los cambios produjeron también guerras cruentas, como las de Chechenia y Bosnia, en las que se cometieron actos de barbarie comparables a los de Vietnam e incluso a los de la Segunda Guerra Mundial.

El fin de la competencia bipolar y de la carrera nuclear entre Washington y Moscú generó un alivio generalizado en el planeta y, con el paso de los años, ha ido dando paso a un reordenamiento de los conflictos bélicos planetarios, pero no a su desaparición. La proliferación nuclear misma se mantiene, aunque ya no hegemonizada por las dos antiguas superpotencias, y el aparato militar, industrial, mediático y energético de Occidente ha remplazado el viejo espantajo del comunismo por las amenazas, un tanto reales y un tanto imaginarias, del terrorismo (especialmente, el de matriz islámica) y el narcotráfico.
Para colmo, algunas formulaciones paranoicas –no menos que las de las autoridades dictatoriales de la extinta República Democrática Alemana, constructora del Muro de Berlín– se han traducido, antes o después de los sucesos de noviembre de 1989 en la capital histórica alemana, en la erección de nuevas murallas infames: a las que edificaron Turquía y Marruecos en Chipre y en el Sáhara Occidental para robarse territorios de esas naciones invadidas hay que agregar los que han venido construyendo Israel en la Palestina ocupada y Estados Unidos en la frontera con México.

En el terreno económico cabe comentar que si bien el llamado “socialismo real” había venido mostrando su agotamiento desde los años 70 y ese agotamiento devino colapso en las dos décadas siguientes, lo que vendría a ser el capitalismo real –es decir, el neoliberalismo depredador, corrupto e irracional que se impuso como modelo al mundo por la “revolución conservadora” que encabezaron Margaret Thatcher y Ronald Reagan– se encuentra ante la evidencia catastrófica y devastadora de su propio agotamiento.

En suma: la caída del Muro de Berlín fue un hecho histórico de trascendencia innegable, con algunas consecuencias positivas –en especial, para las sociedades de Europa oriental– y otras terriblemente negativas para el conjunto de la humanidad, incluida Europa del este, pero de ninguna manera marcó, como llegó a formularse entonces, el triunfo definitivo del capitalismo sobre el socialismo ni el final de una confrontación Este-Oeste que es mucho más vieja que la conformación de la Unión Soviética y del pacto de Varsovia y que, tras la desaparición de la construcción berlinesa, ha ido encontrando otros cauces.

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